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Mensaje del Ministro Provincial con motivo de la festividad de San Antonio de Padua —13 de junio de 2026—

Mensaje del Ministro Provincial con motivo de la festividad de San Antonio de Padua —13 de junio de 2026—

Prot. 126/OFMPROVSANTRDC/2026

«LA PALABRA COBRA VIDA CUANDO LAS ACCIONES HABLAN POR SÍ MISMAS»

Queridos hermanos y hermanas, ¡paz y bien!

 En este día 13 de junio de 2026, toda la Iglesia y la familia franciscana celebran con alegría a San Antonio de Padua. No se trata de una fiesta de aniversario para nuestra provincia, sino de una fiesta patronal. San Antonio, a quien hoy celebramos, es uno de los hermanos que han marcado la historia de la Iglesia y la de la Orden con su testimonio de amor al Evangelio y su cercanía a los más pequeños.

 Nacido en Portugal, ingresó primero en la orden de los Canónigos de San Agustín y luego en la de los Franciscanos, donde ardía en el deseo del martirio. Brillante predicador y doctor de la Iglesia, Antonio eligió el camino de la pobreza con total sencillez y humildad, imitando a Cristo siguiendo los pasos de San Francisco de Asís. Había comprendido que solo el Cristo humilde y sencillo basta. Su vida sigue brillando hasta hoy y nos interpela. De su vida, nos deja a nosotros, hermanos y hermanas, discípulos de San Francisco, varios legados para nuestra vida en este mundo que tiende a vivir sin Dios. Nos limitaremos a mencionar algunos:

  1. Primer legado: la pasión por buscar a Dios

Su principal preocupación era la búsqueda de Dios. Rápidamente comprendió que Dios es la fuente de todo. Quien tiene a Dios lo tiene todo; quien no lo tiene, carece de todo, aunque esté rebosante de bienes materiales. Toda su vida estaba orientada hacia Dios y este le colmó de muchos dones, incluso de aquellos en los que menos pensamos. Se le invoca para encontrar objetos perdidos. ¿A quién se le ocurriría eso? ¿Quién puede imaginar que, para recuperar lo que se ha perdido, hay que invocar a una persona? Pero su verdadera misión es ayudarnos a reencontrar a Dios cuando creemos haberlo perdido, cuando en realidad está a nuestro lado, dentro de nosotros. San Pablo lo subraya con elegancia: «¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo?» (1 Co 3, 16). Somos el templo viviente de Dios. Somos la morada del Altísimo. ¡Qué honor! ¡Qué felicidad!

¡Y ese templo es nuestro corazón! Este puede alejarse de Él, pero sigue siendo su morada, donde Él vive en silencio y nos invita al silencio para descubrir su presencia en nosotros. Y allí donde creemos que está ausente, Él está presente: en nuestros cansancios, nuestras inquietudes, nuestras preocupaciones, nuestras interminables luchas de todo tipo, nuestros desánimos… Él está ahí y solicita nuestra colaboración para la paz interior y la paz social. Él puede todo, pero necesita nuestra ayuda, nuestro apoyo, nuestra determinación, nuestro sacrificio para nuestro bienestar integral. San Agustín dice: «Dios puede todo, pero no puede salvarnos sin nosotros» (cf. Las Confesiones).

Por eso, debemos buscarlo, porque «se deja encontrar», dice el salmista. Y cuando lo hayamos encontrado, sigamos buscándolo, nos recuerda san Agustín. Por lo tanto, buscar a Dios tiene un principio, pero no tiene fin: es una búsqueda permanente. Quien busca a Dios lo encuentra, y quien lo encuentra no lo guarda para sí mismo. Lo da a conocer a los demás, como hizo san Antonio de Padua, a quien celebramos con alegría en este día. No dejemos, pues, que nuestros corazones se endurezcan. Invoquemos a san Antonio, no solo por los objetos perdidos, sino también y sobre todo por todas nuestras inquietudes, todas nuestras preocupaciones... 

  1. Segundo legado: la fuerza de la Palabra vivida

Hermanos y hermanas, San Antonio de Padua predicaba en voz alta para que todos le oyeran. Había una correspondencia entre lo que vivía y lo que decía en voz alta. Toda su vida fue un mensaje entregado a la Iglesia. Antes que elocuente, era creíble a los ojos de los hombres y de Dios. Nuestro mundo no necesita discursos bonitos. Necesita testigos, decía el papa Pablo VI. Que nuestra vida se convierta en nuestro primer sermón, que sea un testimonio vivo que no se comprometa. Nuestras acciones hablan más alto que nuestras palabras. Las buenas palabras sin buenas acciones son un sermón en el desierto. «Que nuestras palabras callen y que nuestras acciones hablen», nos enseña san Antonio de Padua.

Si hacemos una introspección, nos damos cuenta de que estamos lejos de este mensaje de San Antonio. Analicémoslo a través de algunos aspectos:

 - Primer aspecto: el trabajo

Lo que somos se lo debemos a los demás, no a nosotros mismos. La Orden nos ha convertido en lo que no éramos. Por eso se nos invita a ser agradecidos y a dejarnos llevar por la gratitud, sobre todo cuando se trata de nuestro trabajo. Y, como sabemos, el trabajo es un mandato del Señor. Dios fue el primero en dar ejemplo. Según el libro del Génesis, trabajó seis días y el séptimo descansó. Los frutos de su trabajo no se los quedó para sí mismo, sino que lo dio todo al hombre. Parece que pasó del «yo» al olvido de sí mismo. ¿Acaso imitamos a Dios alguna vez? ¿Nos olvidamos de nosotros mismos por los demás?

Aquí invito a cada hermano a mirarse a sí mismo y no a los demás. Algunos hermanos, partiendo de la fórmula de su profesión religiosa: «Me entrego de todo corazón a esta fraternidad», han comprendido que lo son todo para todos en su trabajo. Entregaron el fruto de su trabajo a la provincia para su supervivencia. Su gesto es un gesto de olvido de sí mismos y de honestidad. A través de su gesto, son un «regalo» para la provincia. Intentan hacer suya la iniciativa de la primera comunidad cristiana en la puesta en común de sus bienes. Les animamos a no olvidar esta exigencia de nuestra vida franciscana y religiosa.

Por el contrario, hay hermanos que trabajan y no aportan nada a la fraternidad. Comen, duermen, lo hacen todo a costa de la fraternidad y, a cambio, no ofrecen nada. Son insensibles al afecto y a la ternura de la fraternidad. Son como personas con discapacidad a las que hay que cuidar en todo, y sin embargo no lo son. Incluso hay personas con discapacidad que son útiles para sí mismas y para la comunidad. Esos se niegan a ser una carga para la comunidad, cuando es deber de esta hacerse cargo de ellos. Esos sí son personas con discapacidad útiles para la sociedad. Estos hermanos que trabajan y no aportan nada a la fraternidad son como personas que no trabajan, porque no se ve ningún fruto de su trabajo. Para san Pablo: «El que no trabaja, que tampoco coma» (2 Tes 3, 10). Este tipo de hermanos, que lo han recibido todo de la fraternidad y no dan nada a cambio, han olvidado el sentimiento de gratitud y de honestidad.

 Les recordamos que ellos también son hermanos de la fraternidad. En su profesión religiosa, prometieron entregarse de todo corazón a su fraternidad. Les exhortamos a plantearse las cosas desde otro punto de vista y a darse cuenta de que ellos también están en deuda con la fraternidad. La puesta en común iniciada por la provincia nos concierne a todos y nos compromete a todos. San Antonio no se guardó nada para sí mismo, lo daba todo a la fraternidad.

 -Segundo aspecto: la oración

Seamos árboles verdes y no árboles secos. La oración no es un elemento opcional de nuestra vida. Es obligatoria. Esta obligación no nos viene impuesta desde fuera, sino desde dentro. Yo me la impongo, tú te la impones, nos la imponemos. De hecho, no somos nosotros, sino Aquel que está en nosotros. Y Aquel que está en nosotros es nuestro Maestro. Es Él quien nos habla desde dentro. Es Él quien nos invita a un diálogo íntimo en el que su corazón habla a nuestro corazón.

Queridos hermanos y hermanas, la oración es vida para nosotros, discípulos de Jesucristo. Nos eleva hacia la realidad superior que nos transforma. Nos convierte en un árbol plantado junto a un arroyo que da buenos frutos en cada estación (cf. Sal 1, 3; Jer 17, 8). Visitemos con regularidad nuestros oratorios, nuestras capillas, nuestras iglesias. Pasemos tiempo allí y hagamos de nuestros lugares sagrados nuestros puntos de encuentro cotidianos. Demos gracias a Dios por nuestros hermanos y hermanas que, con su asiduidad en nuestros espacios sagrados, nos recuerdan uno de nuestros deberes sagrados como religiosos y religiosas: la oración.

-Tercer aspecto: nuestro compromiso

 Aquí queremos hablar de nuestras comisiones. Hemos aceptado de buen grado servir a nuestra provincia desde donde estamos y con lo que hemos recibido como servicio que prestar a la comunidad. Gracias por haber aceptado la tarea que se os ha encomendado. Pero no basta con aceptar. Hay que pasar a la acción. Muchas de nuestras comisiones no funcionan con normalidad, porque algunos animadores han dicho que sí, pero les cuesta mostrar dinamismo en la práctica. Que san Antonio nos ayude a todos a pasar de la palabra recibida a la acción.

  1. Tercer legado: la ternura hacia los pobres

Todos somos pobres, pero hay pobres más pobres que nosotros. Tengamos la misma mirada que tenía San Antonio hacia los pobres. San Antonio veía a Cristo en el rostro de los hambrientos, los enfermos, los marginados; hoy en día, nuestros hermanos y hermanas azotados por la guerra y la enfermedad del «Ébola». En Padua, fundó la obra de caridad para los más pobres. Aún hoy nos interpela: ¿dónde están nuestras propias «Paduas»? ¿Quiénes son los pobres que Dios pone en nuestro camino allá donde estemos?

 Hermanos y hermanas, en esta fiesta patronal, dirijámonos a San Antonio; recurramos a su intercesión por nuestras comunidades, nuestra provincia y por nuestro país, que sufren. Que él nos obtenga un corazón sencillo y humilde, una palabra sincera y unas manos abiertas. Que san Francisco de Asís y san Antonio de Padua nos obtengan la gracia de la unidad y la comunión. Llevémonos unos a otros en la oración hoy y cada día de nuestra vida.

 ¡Feliz fiesta patronal a todos y a cada uno de nosotros! Que la alegría franciscana inunde nuestros corazones y nuestros hogares.

 ¡Paz y bien! Fraternalmente.

Dado en Goma, Curia provincial, el 11 de junio de 2026

Fr. Jean-Baptiste TABARO MURHEGA, OFM

Ministro Provincial

Por Franciscains Goma
Publicado el 18 junio 2026
9 min de lectura

Comentarios

Eugène KASEREKA

18 junio 2026 à 11:19

Merci beaucoup pour le message

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